Sociedad 2 MAY 2022

La historia del rodriguense que quiso hundirse con el crucero General Belgrano en Malvinas y lo salvaron

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Este lunes 2 de mayo se cumplieron 40 años del hundimiento del crucero General Belgrano en la guerra de Malvinas, tras los torpedos del submarino británico HMS Conqueror. El capitán de la nave era el oriundo de General Rodríguez, Héctor Elías Bonzo, protagonista de una icónica imagen.

El crucero argentino estaba fuera del área de exclusión establecido por el Gobierno británico alrededor de las Islas Malvinas, pero eso no impidió que emitiera la orden de disparar. El submarino HMS Conqueror venía siguiendo a la nave nacional desde el 1 de mayo de 1982 por la mañana y, un día después, disparó los torpedos que provocaron el caos en toda la tripulación argentina.

El horror comenzó a las 16.01 con el impacto del primer torpedo, que atravesó cuatro cubiertas del barco. Los 1093 tripulantes sintieron que volaban por el aire. "Estaba subiendo a la torre de comando cuando sentí el golpe y la vibración. Mi di cuenta de que era un ataque de torpedos porque se sentía el olor acre de los explosivos. El buque se frenó de golpe, como si el crucero con sus 13 mil toneladas se levantara por los aires. Y entonces comenzó a hundirse", recordó Bonzo.

Y agregó: "El proyectil había dado en la sala de máquinas de popa, ingresó 2 metros dentro del buque antes de explotar e hizo un boquete de 20 metros de largo por 4 de ancho. Por allí el Belgrano embarcó en segundos 9500 toneladas de agua. Esa explosión causó la mayor cantidad de muertos. Creo que al menos 275 cayeron en ese instante. El buque se quedó sin fuerzas, sin luz, sin energía. Y lo más tremendo fue que ya no podía repararse. No funcionaban las bombas de achique ni el generador de emergencia”.

Luego, Bonzo relató que "el segundo proyectil dio en la proa 30 segundos después. Estaba ya en el puente cuando impactó al crucero. Entonces ocurrió algo inenarrable: una columna de agua se elevó 20 metros, volaron hierros y maderas, y cuando cayó faltaban 15 metros de la proa. El duro barco de acero se había partido como manteca".

Prosiguió: "La situación era tremenda. Sin luz era difícil moverse… los gritos de heridos y quemados, los muertos y la escora que iba siendo cada vez más pronunciada. A los 4 minutos ordené largar las balsas al mar, pero sin abandonar el barco. Era una decisión muy difícil. Quería lograr que los sobrevivientes se mantuvieran reunidos antes de dar la voz de abandono, que es la más tremenda que puede dar un comandante. El riesgo, con el mar encrespado, era que el casco diese una vuelta de campana y nos tragara a todos”.

El momento en que quiso hundirse con el barco

Eran las 16.38 y al crucero General Belgrano le quedaba poco para quedar por completo en el fondo del océano. Bonzo relató que "mi función en ese momento era dar la trágica voz de abandono, que fui demorando porque no sabía cuántos habían llegado a las balsas. La voz de abandono significa que el buque ya queda solo… 23 minutos más tarde la tuve que dar. ¿Si dudé en hundirme con el barco? En ese momento, frente al mar, para mí era más fácil decidir morir que vivir. Porque si moría, otros se ocuparían de lo que iba a venir, si vivía tendría que enfrentar que muchos de mis hombres murieron…"

En esa duda estaba cuando escuchó una voz. "Creí que la imaginaba, que era productor de mi estrés. Pero era el oficial Ramón Barrionuevo. Me dijo que si no saltaba él tampoco lo haría. Le ordené que abandonara el barco. Y se negó. Entonces le pedí: 'Ayúdeme a ver si hay alguien más, si quedó algún herido'. La cubierta del barco casi rozaba el mar, entraban toneladas de agua… Fui el último hombre que abandonó el Belgrano", contó.

Añadió que "Barrionuevo aceptó tirarse. Hizo la señal de la cruz, se paró en la quilla del buque y desde ahí se lanzó al mar. Segundos después, yo también hice la señal de la cruz y me deje deslizar por la misma soga hasta el agua. Tres balsas estaban esperando a esas dos figuras humanas que no sabían quiénes eran, pero eran dos tripulantes, con el peligro de que el buque se diera vuelta y las chupara. Nadé 50 metros y me subí a esas balsas. Estaba exhausto. Me quedé tirado en el piso. A las cinco de la tarde escucho una voz que me dice: 'Señor, el buque se está hundiendo'. Saqué mi cabeza y me asomé. Vi al crucero desaparecer en el océano".

"Las balsas eran para 20 personas. Estaban equipadas con sachets de agua, raciones de comida, cigarrillos, una pequeña Biblia, elementos de botiquín para curaciones. El comportamiento de los hombres, el "espíritu de buque", hizo que muchos se salvaran y es lo que llevo grabado en mi memoria", manifestó. Estuvieron 48 horas a la deriva.

"Mi balsa fue la última que se rescató. Cuando subí al Gurruchaga no sentía las piernas, eran como de algodón. Antes de ir al médico para que me revisara o me diera una inyección para hacerme dormir -en la balsa nos manteníamos en vigilia- quise ver a mis tripulantes. Entonces bajé. Estaban en el suelo, en las mesas, en los bancos, desparramados por todas partes. Cuando me vieron, muchos se incorporaron, empezaron a gritar 'Viva el Belgrano'", recordó.

Por último, Bonzo, que falleció el 22 de abril del 2009, cerró: "Empecé a saludar a mis hombres, a preguntar… En ese momento se acercó una persona y me dijo: 'Está viniendo para aquí el suboficial Barrionuevo'. No podía creerlo, porque cuando él saltó al mar lo había perdido de vista. No supe durante todos esos días a la deriva si Ramón había sobrevivido. Y ahora iba a verlo. ¡Estaba vivo! Nos dimos un abrazo eterno. Y todos los hombres comenzaron a aplaudir".

El oficial Barrionuevo recordó muy bien aquel emotivo instante: "De pronto se abrió una puerta y apareció el capitán. Se acercó hasta donde yo estaba de pie, firme, esperándolo. Se olvidó de las jerarquías, de la venia, del saludo formal. Nos dimos un abrazo. 'Ya vamos a hablar de esto que pasó', me dijo. Y lloramos. Antes de irse, me dijo al oído: 'Gracias. Gracias'".

La única foto que Bonzo y Barrionuevo tienen juntos.

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